miércoles, 8 de febrero de 2017

El Reto de ser Padres más Humanos

La semana pasada una noticia escalofriante ha inundado los noticieros nacionales, la muerte de Abigail, una niña de apenas siete años de edad, en manos de  su padre y su madrastra. Las crónicas encontradas en los medios impresos y virtuales son desconsoladoras, imaginarse que un progenitor, alguien que dio vida a otro ser, pueda ser capaz de torturar a su propia hija hasta dejarla tan herida, el saber que la niña solo pedía parar de sufrir, maltrata la sensibilidad de cualquiera. Sin embargo, éste no es un caso aislado, pues a 34 asciende el número de casos de infanticidio registrados en Bolivia, de enero a noviembre de este año, informó el Fiscal General del Estado, Ramiro José Guerrero.

Por esta razón más que reflexionar sobre este caso en particular, creo que lo mejor sería profundizar el porqué de estas conductas deshumanizadas por parte de padres y madres de familia, en contra de seres que están bajo su patria potestad, su responsabilidad, su cuidado y protección y especialmente  que deben recibir el  más grande amor de sus progenitores. En este sentido múltiples y diversas pueden ser las causas de estas conductas.

Desde esta realidad, pienso que podemos partir de preguntas tan generales como ¿Cuál es el papel de la sociedad  machista y adulto-centrista en la influencia para que padres y madres ejerzan violencia contra sus hijos? ¿Cuál es la influencia de la formación y el ejemplo que recibieron desde pequeños, estos futuros padres y madres en sus propias familias de origen? Las respuestas parecen obvias, si en nuestra sociedad vivimos una realidad donde el poder ejercido tanto por los varones, pero no sólo ellos sino los mayores en general hombres y mujeres les da la potestad de infringir violencia contra los menores que son más débiles es que estas conductas son reproducidas de lo vivido en diferentes ambientes dentro de la sociedad a lo largo de su vida, pero especialmente dentro de sus familias.
Entonces, una de las raíces aparentes de estas conductas deshumanizantes es la convivencia en una familia disfuncional, sin embargo pienso que hay algo todavía más puntual dentro de la experiencia temprana de estas personas y es la falta de una educación emocional de parte de sus padres y de ellos mismos, es aquí donde les propongo hacernos algunas preguntas personales ¿quién nos enseñó a reconocer nuestras emociones, ya sean positivas o negativas? Pero fundamentalmente ¿cómo aprendimos, si lo hicimos, a controlar, manejar y reencausar las negativas?

Personalmente sólo puedo responder a la segunda pregunta, y es con el ejemplo que veía en casa, porque nadie me habló de aquello ni en mi casa, ni en el colegio, ni en ningún otro ambiente.  Pienso que es la realidad de muchos, haber vivido con padres y madres que no saben controlar sus emociones, que la rabia y el enojo los desborda y se ensañan con sus hijos u otros menores en el ámbito familiar, esto desensibiliza tanto que nos parece normal vivir así y cuando nosotros crecemos y podemos ejercer ese poder sobre otros más vulnerables lo haremos sin pensarlo porque es lo que aprendimos que está bien.

Pero aquí me asalta una pregunta más propositiva ¿cuál debería ser la conducta de nosotros como progenitores frente a nuestros hijos? Un texto encontrado en el internet consideró que describe claramente estos aspectos, que en un apretado resumen más o menos nos expresa lo siguiente: Cierto que  los padres debemos ser adultos, pero no para ejercer un poder sobre los menores sino para poner límites, pero no por capricho sino por salud, seguridad y respeto. Es así que como adulto debo controlar mis emociones, si me desbordo me alejo y me calmo, las controlo para enseñar a controlarlas a mis hijos. Como adulto, no pego, no grito, ni amenazo ni insulto, especialmente a alguien que me quiere, que me necesita y que se mira en mí para saber lo que significa ser adulto, entonces para enseñar a mis hijos arreglo mis conflictos hablando o poniendo distancia o pidiendo ayuda. Como adulto también sé pedir perdón por mis errores y rectificar el daño que haya podido hacer, que nuestros hijos vean pedirnos perdón de corazón les enseñará que no hay nada de vergonzoso en reconocer un error, que todos nos equivocamos y que aceptarlo es la mejor forma de convertirnos en mejores adultos y mejores personas. (https://www.facebook.com/psicologiadefamilias/)


Entonces, parece ser que el reto más importante como padres no está en controlar el comportamiento de los hijos sino el nuestro, y lo más importante nuestras propias emociones, por lo que solo me queda parafrasear a mi amigo Sheriff Hiroshima del Movimiento Humanista cuando dice que “Si mostramos el camino para un mundo más humano, tendremos un mundo más humano”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario